Gran Chaco «otras» cicatrices de la deforestación en Sudamérica

Es la hermana «pequeña» menos conocida y menos emblemática del gigante de al lado, el Amazonas. Pero la selva nativa del Gran Chaco, el segundo bioma más grande de América del Sur, sufre una hemorragia implacable desde hace 25 años, y la fauna y la flora han retrocedido frente a la soja, el girasol o el ganado.

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Las apariencias engañan. Por los interminables caminos del Chaco, una superficie forestal de un millón de kilómetros cuadrados -una vez y media el tamaño de Francia- entre Argentina (62%), Paraguay (25%) y Bolivia (11%), densas copas de la vegetación típica da una ilusión de orden «tropical seco» Ambiente tranquilo.

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Pero al ahogarse tras estos bordes verdes, las largas lenguas deforestadas traicionan el lento roer que se produce en el silencio. En algunos lugares, hasta donde alcanza la vista, yacen capracchus y algarrobos, arrancados por las máquinas, y esperando ser sacados para hacer carbón, o tanino, o muebles, o vigas de ferrocarril, para lo cual esta madera es dura.

Aquí, en el noreste de Argentina, a 1100 km de Buenos Aires, se encuentra la «frontera» agrícola. Donde el modelo agroexportador, más importante que nunca para los países hambrientos de divisas, viene a confrontar un ecosistema indígena, sus especies y sus etnias. Y ganar poco a poco.

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“En la provincia del Chaco, casi toda la zona estaba cubierta de bosques de diversa índole”, recuerda la agrónoma Inés Aguirre, de la Red Forestal Chaco Argentina. “Solo un sector, en el sureste, tenía una zona agrícola destacada antes de la década de 1990”.

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Y la selva se hizo pampa

“Pero cuando apareció la combinación tecnológica de la soja transgénica y la siembra directa con mínima labranza, el Chaco empezó a colonizar y a +mimar+”, explica a la AFP.

Quiere decir «mimado» transformado en vastas llanuras de cultivo o pasto, característica de la pampa argentina. Sobre todo porque la soja (30% de las exportaciones del país) y el maíz transgénico, las marcas registradas de Argentina, tienen la peculiaridad de la resistencia a la sequía, un «regalo del cielo» en el suelo semiárido del Chaco Seco.

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Desde entonces, la deforestación de la provincia ha promediado unas 40.000 hectáreas (400 kilómetros cuadrados) anuales, con un pico de 60.000, según Enas Aguirre. Un vuelo ofrece un espectáculo impresionante de vastos rectángulos anulares y rectángulos adyacentes a densos bosques.

“Eso no debería suceder, porque ahora se detuvo toda la deforestación en el condado”, explica Noemí Cruz, de Greenpeace-Forest, señalando árboles talados, agarrando puñados de tierra polvorienta. Que, sin la protección de los árboles, “el agua se desliza en la superficie, pero no se filtrará al suelo durante la temporada de lluvias”.

Chaco incluye «El Impenetrable», un parque nacional de 128.000 hectáreas, y una «zona roja» estrictamente protegida por la ley forestal: intocable, bajo techo, a diferencia de las áreas «amarillas», donde puede haber turismo «suave» o actividad agrícola «. . Y «verde» se puede convertir.

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Pero este mapa -que está pendiente de actualización, y de ahí la moratoria- «está sujeto a una fuerte y continua presión de empresas y productores que quieren ampliar las tierras agrícolas, y de la demanda internacional de materias primas, en particular soja y carne», analiza el investigador de CONICET Instituto Nacional Matías Masterangelo.

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Y en el caso de la deforestación ilegal, la sanción y la multa “no desalientan el desmonte: las empresas lo incorporan como costo de producción, como cualquier otro”.

En efecto, en torno al «imposible de penetrar», se desvanece, y la ola reverbera sobre las numerosas especies de los parques cercanos: oso hormiguero, bovino, tapir, serpiente coral… y el jaguar, el felino más grande del continente, en el seno de un ambicioso programa de reintroducción.

«El bosque convertido en un campo de soja ya no puede albergar al jaguar ni a ninguna de sus presas. La destrucción es total», dice el biólogo Gerardo Cerrone, coordinador del Equipo de Reconstrucción Argentina que gestiona esta reintroducción.

Los armadillos y los humanos están perdiendo la Tierra

“En el Chaco seco, podemos estar presenciando una pérdida masiva de animales, vemos desaparecer, en particular, a los grandes mamíferos”, coincide Michaela Camino, bióloga del CONICET, citando en particular al armadillo gigante y al bovino de labios.

“Cuando se pierde una especie, se va lo que la hace única, pero también la seguridad alimentaria de las familias locales, y todas las funciones que esas especies cumplen en el ecosistema, de ahí la capacidad de ese ecosistema de regenerarse, de ser resiliente. Lo cual es muy peligroso en el contexto del cambio climático”.

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Incluso antes que las especies, los hombres se refrenan. En este caso, hay unas pocas comunidades indígenas wichí y criollo, que viven en grupos en el corazón seco del Chaco. “Lo que generalmente pasa es que a estas familias se les están violando los derechos antes de la deforestación (en la tenencia de sus tierras), los han estafado y se tienen que ir”, explica Michaela Camino.

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Inés Aguirre, quien trabajó para el departamento forestal del condado, dice que hay soluciones para rejuvenecer el rasguño del chaco, como el experimento agroforestal que ella lideró, combinando la replantación de algarrobos con la ganadería.

El algarrobo, que es una leguminosa, produce una reacción entre las bacterias y las raíces, que reconstituye el nitrógeno del suelo. Es extraordinario, el crecimiento es asombroso”. Pero eso es para “más allá”. “La urgencia es detener la deforestación”, dice ella.

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